Sobre el silencio

Me gustaría poder dar la bienvenida a este blog, hablando sobre un tema, que a mi juicio resulta clave para poder entender todo nuestro entorno, pero aún más importante, para lograr conciliar un dialogo interno con nuestro yo, sobre cuestiones que tal vez nos hayamos cuestionado en ciertas ocasiones. No sólo por la incomodidad que suscita el ya simple hecho de realizarse la pregunta del por qué, sino para poder poner en tela de juicio el para qué.

Si pudiésemos describir rápidamente lo que es el silencio, tal vez diríamos que es simplemente la omisión de la palabra. Es un hecho relativamente sencillo, y la complejidad considero que se esconde, no ya en su descripción, sino en la forma en que lo aplicamos en nuestro día a día. Forma parte de nuestra inherencia como sociedad, y deberá ser la responsabilidad de cada individuo, saber usarlo y racionalizarlo de la forma más adecuada en su vida más profunda; pues nosotros somos los guardianes de nuestro silencio, y aquí me gustaría añadir, que siempre debería ser así, pues nadie debería poder coartar o subyugar algo tan nuestro como el (in)consciente de nuestras emociones, que es en esencia lo que nos hace libres. En este punto, quizá la pregunta no sería lo que nos aporta el silencio, sino porqué sería tal vez conveniente saber utilizarlo de la forma que consideraríamos adecuada.

El silencio, forma parte de un complejo proceso extenso, multidimensional, y que ha estado con nosotros a lo largo de toda la evolución humana. Si miramos retrospectivamente tiempos pretéritos, -y algunos de ellos no tanto-, hallaremos que éste, ha sido protagonista en muchos escenarios que hoy nos atañen. Desde el silencio en la religión, las artes, las ciencias, la enseñanza… siempre se le ha dado una parte de protagonismo, con un mismo fin compartido, me atrevería a decir, en casi todos los casos: la reflexión. En consecuencia, la reflexión nos induce a un profundo estado de análisis sobre la causa, el cual no tiene porqué estar necesariamente sesgado por opiniones de terceros, sino basado en el conocimiento crítico-analítico que tenemos hasta que sucede dicho evento. En otras palabras, actuamos con criterio propio.

Dicho lo cuál, salta a la vista que la reflexión que tenemos en un momento determinado, no tiene porque necesariamente casar con la que vayamos a efectuar en un futuro, pues aquí sería interesante destacar uno de los axiomas por excelencia, y es que somos seres en constante cambio, en todas y cada una de nuestras maneras. Como decía el gran Heráclito de Éfeso:

Ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos.

Personalmente, destacaría esta virtud por encima de cualquier otra. Por supuesto, podremos encontrar muchas más, las cuales no tienen porqué ser relegadas a un segundo plano, como por ejemplo el saber guardar silencio sobre algo que no puede ser revelado: un secreto. Realizarlo en el momento idóneo, por mucho que la histeria o el desasosiego nos empuje, supone sin duda una cualidad muy digna de aquél que la posea, lo cuál dice mucho también de alguien.

Llegados a este punto, tal vez sería interesante plantearse a uno mismo, qué tan enserio nos podemos, -o no-, plantear una promesa o el no revelar un secreto.

El silencio en el plano socio-cultural

Como he comentado anteriormente, el silencio ha tenido un gran protagonismo en ciertas disciplinas, que han logrado conformar la cultura de la sociedad a lo largo de los siglos. No en vano, todas las ya mencionadas disciplinas, suponen en conjunto un paradigma social, lo cuál podemos encontrar diferentes patrones, que por A o por B se han decidido venerar. Uno de ellos, es el que estamos tratando hoy.

Tan importante ha resultado el silencio en el plano cultural, que ya incluso los griegos adoptaron la deidad egipcia Harpócrates como dios del silencio dentro de su cultura. Éste, se representaba como un niño desnudo, con el dedo índice de su mano derecha colocado enfrente su boca. Ya en aquellos remotos tiempos, mucho antes que el nacimiento del mismísimo Jesús de Nazaret, el silencio era honrado como una gran virtud que cabía alabar.

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Harpócrates

Cuando me refiero al plano cultural, me refiero a nuestros usos y costumbres, que nos conforman como una sociedad bien asentada en el siglo XXI. A pesar de que el silencio ha sido realmente alabado en el pasado, a día de hoy, tal vez podamos pensar que no lo está tanto. Y tendría mucho sentido pensar eso, pues eso es debido principalmente a la hiperconectividad que estamos sometidos actualmente.

El silencio, no se limita a una burda descripción de no utilizar la palabra. Se manifiesta en todo momento de nuestra vida, ya no sólo de forma acústica, sino también visual y mental. Tal vez, ahí es donde emana el verdadero significado del silencio: en un todo. Describir a su antagonista, el ruido, sería igual de fácil que describir el silencio: es la omisión del silencio.

Sin embargo no hay que menospreciarlo, y dejarlo relegado como si no tuviera utilidad. En mi opinión, utilizar el ruido puede ser un arma de doble filo, y que puede resultar de gran utilidad, si aquél que lo ejerce sabe hacerlo con suficiente talante. Pero no todo se limita a la intencionalidad de ejercerlo con un fin malévolo, sino como un medio de distracción. Y con la tecnología de hoy en día, podríamos dar vastos ejemplos.

Si cada vez hay más ruido, deberemos saber utilizar el intelecto para lograr apantallarlo de la forma que consideremos más correcta.

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