Sobre la dualidad

Hablar sobre dualidad nunca resulta fácil, precisamente porque puede estar presente en todos los escenarios que podamos a imaginar.

Si tuviera que definir la dualidad, tal vez lo definiría como dos extremos opuestos de forma antagónica. Esto significa pues, que existen dos principios definidos, -que en realidad considero que no tiene porqué ser siempre así-, bien establecidos en nuestra consciencia. Esto resulta muy interesante a mi modo de ver, y es que no existe un principio universal que defina tales extremos opuestos, de modo que somos nosotros mismos quienes nos hemos dedicados a crearlo en nuestro imaginario. Dichos polos, han sido voluntariamente asentados por nosotros, pero no tienen porqué haber nacido de una voluntad propia por querer que éstos existan, sino tal vez de una consecuencia.

Trataré de explicarme; para concebir ambos polos, estos deben de haber nacido de la razón del ser, tratando de despejar una incógnita: el qué. Cuando ese qué se ha hallado, nacen de él diferentes versiones, pues la tendencia es contradecirla. En términos de idealismo, aquí tal vez nos estaríamos metiendo en conceptos metafísicos, muy bien identificados ya en el siglo XVIII – XIX por filósofos como Kant, lo cual significaría un sometimiento voluntario por nuestra parte, a afirmar que algo es de una determinada manera, de forma incuestionable. Es decir, en hechos tangibles, una vez hemos desarrollado nuestro razonamiento, tratamos de dar una forma, creando sus contrarios. Esto parece bastante complicado a priori, pero no es nada más ni nada menos que lo que hacemos a diario, aunque de forma inconsciente.

Pongamos por un caso el color blanco. Si tuviéramos que hallar su contrario, rápidamente diríamos que es el negro, sin lugar a dudas. Si tuviéramos que enumerar cualidades de ambos colores, no nos costaría apenas esfuerzo, pues ambos colores tienen un significado ya muy arraigado en nuestra cultura, lo cuál no significa que en otras signifique exactamente lo mismo, véase en la cultura egipcia. También se puede interpretar de muchas formas y maneras, como por ejemplo entre la bondad y la maldad, el día y la noche o la belleza con la fealdad, por poner sólo unos ejemplos.

El Yin y el Yang es un claro ejemplo de la dualidad balanceada en todo momento.

Haciendo autocrítica, cuando hablamos de tales extremos, no significa necesariamente que sepamos a qué obedece exactamente cada uno de ellos, así como la propia capacidad del ser en identificarla. Para mi, una rosa blanca puede resultar la belleza más suprema, pero para otro tal vez es simplemente una flor más. La concepción que tenemos en base uno de esos extremos, no representa más que una idea conceptual, que no tiene porqué ser necesariamente compartida por otros. De ocurrir tal situación, de bien seguro que caeríamos en el dogmatismo más profundo, pues incurriríamos directamente en la afirmación que tal cosa está representado por una serie de principios, de forma incuestionable e ineludible, lo cuál es demasiado atrevido de hacer, pues siempre existirán formas de poder refutarlo y contrastarlo, a mi modo de ver.

Ni siquiera nosotros mismos, y esto es según como yo lo veo, no podríamos saber definir de forma precisa lo que es, -o no-, algo para nosotros, de forma precisa y minuciosa, que de ser perfectamente descrita para con nosotros, sea de igual forma entendida por un tercero. En otras palabras, tal vez toda mi vida he estado rodeado de flores, y para mi tu rosa blanca no es más que otra simple flor, y no la más bonita. Por el contrario, si nosotros consideráramos que algo no es, -o debería ser a nuestro modo de ver-, visto de tal forma por un tercero, estaríamos tal vez incurriendo en un dogma. Y tal vez, no sabríamos salir de ese dogma, o lo que es peor, no podríamos.

A mi juicio, cuando una idea está enquistada en el inconsciente, el subconsciente no es capaz de sacarla de ahí o de moldearla, a menos que ocurra un hecho que nos marque o nos haya traumado. Esto sería muy cuestionable en realidad, pues colisiona directamente con el principio axiomático evolutivo y de cambio interno constante de uno mismo. En cuyo caso, deberíamos replantear de qué forma ha evolucionado ese dogma, si es que lo hubiera. No sólo deberíamos cuestionarnos la curva evolutiva que ha tenido, sino la voluntad del propio individuo para hacerlo. Como he dicho anteriormente, sería interesante entender los motivos que le han llevado a hacerlo, si por una mala experiencia o trauma. En cualquier lugar, es simplemente pura conjetura.

Los estados emocionales en la dualidad

A pesar de todo lo dicho hasta ahora, el dualismo sigue siendo inherente al individuo, y éste no tiene porque ser necesariamente practicado a consciencia, sino de forma subjetiva a lo largo de su existencia, creando un balanceo propio que le sirva para posicionarse allá donde éste crea que debe hacerlo. No en vano, lo fructífero a mi modo de ver, no está tanto en donde se posicione, lo cual unos y otros lo hacemos en función de diferentes motivos, que no tienen porque coincidir, sino en ser consciente, nuevamente, de que tal fenómeno existe a lo largo de toda nuestra vida. Este proceso interno, puede generar un debate interno constante, pues está profundamente ligado a conceptos como el descubrimiento la verdad, o la construcción del propio ser en base hechos (in)tangibles.

Determinar los eventuales polos de un algo es un hecho. Saber en qué posición estamos nosotros es otra, lo que nos dará como resultado un extremo y el otro, lo que significa en todo momento, que el debate interno, no gira entorno de donde empieza uno y termina el otro, sino en nuestra capacidad psicoanalítica de saber hallar donde estamos nosotros, que en consecuencia, considero que es lo que nos debe preocupar, en pro de ser más críticos para con nuestro alrededor.

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